17 septiembre 2011

Escrito posterior a las prácticas de enseñanza

Las practicas fueron para mi la posibilidad de poner en juego muchos de los conocimientos estudiados a lo largo de la carrera que de alguna manera fueron conformando no sólo mis nociones y saberes en términos de categorías y autores, sino también de alguna manera fueron formando mi manera de actuar, de concebir y pensar en la realidad y a la educación en tanto práctica social. La institución educativa, las relaciones de poder que en ella se ponen en juego, la evaluación, la enseñanza, el aprendizaje, eran mirados desde una óptica que fue construida a lo largo de estos seis años. En las prácticas de enseñanza no sólo se ponía en juego el conocimiento profesional que la carrera me fue procurando, sino también mi formación en términos de Ferry.
La reflexión sobre las mismas, el poder revisar cuestiones implícitas que irrumpían en la instancia mismas de la escena de la clase, me permitieron ir construyendo conocimientos que no tienen que ver sólo con elaborar teorías sino con apropiarse de modos de llevar a cabo esas teorías.
Considero que en la práctica una juega no sólo con los conocimientos que nos brindan los libros, sino con muchos otros que uno va construyendo a lo largo de vida, que no dejan afuera a nuestras subjetividades, debilidades, emociones. En este proceso de prácticas se manifiesta de una manera única nuestra relación con el “poder” y el “saber”. El reflexionar, en términos de volver de manera conciente a esa relación que establecemos con el poder y el saber, el pensar si todo aquello que se manifiesta de forma inconciente en las interacciones que propiciamos en el aula, tanto con el objeto cognoscente como con el sujeto pedagógico, son coherentes con nuestras opciones ético- política considero que es una fuente de aprendizaje única y necesaria para una preparación en tanto profesionales de la educación. Porque concibo que nadie nace coherente, correcto, honesto, humilde, sino que se hace, que uno esta siendo, y de allí que la reflexión sobre la práctica cobre un valor insustituible en la formación profesional de personas que no son máquinas que se programan en post de finalidades previamente establecidas, sino personas contradictorias, conflictivas, en proceso de humanización.
Fue fascinante para mí encontrar cuánta pasión me despertaba el estudiar para enseñar, pensar el contenido intentando desentrañar su propia lógica, elaborar los diseños teniendo en cuenta a los sujetos que tenían rostros concretos para mí. La interacción en el aula, la dinámica que en ella se dá, el poner en juego mi cuerpo, mi voz, el poder escuchar y aprender cómo se iban dando de manera diversa la apropiación de los contenidos, la participación creciente de los alumnos, sus maneras de concebir el mundo.

Noviembre del 2009. Finalización de mis prácticas de enseñanza en el profesorado de Biologia del Normal 1

La Palabra: Praxis

La palabra, nos dice Freire, está dada por la unión inquebrantable entre acción y reflexión, es decir, que la palabra misma es praxis: no existe palabra verdadera sin acción y sin reflexión. Por ello es que dice que la palabra verdadera transforma al mundo. Si privamos a la palabra de la acción, ésta se convierte en palabrerio, en mero verbalismo. Si la privamos de reflexión, siendo esta solamente formada por la acción se convierte en activismo. Éste es acción por acción, que al negar la reflexión también niega la praxis (106)
La palabra tiene que ver con la acción permanente que yo como sujeto realizo en mi cotidianeidad, con mis opciones permanentes, con los problemas que enfrento en mi mundo. La reflexión es un ejercicio propio del hombre, que como ser pensante puede tomar distancia de su cotidianeidad, puede frenar la acción y pensar acerca de ella, reflexionar volverse sobre ella para mirarla, para pensarla. Este acto de reflexión es lo que me permite una nueva manera de ver mi propia acción. Cuando mi palabra es expresión de mi acción y mi reflexión entonces es verdadera.
Decir la palabra referida al mundo implica un encuentro. El diálogo es este encuentro de los hombres mediatizados por el mundo. La palabra verdadera es trabajo, es praxis, es transformar el mundo, decirla no es privilegio de algunos hombres, sino derecho de todos los hombres. Decir la palabra, referida al mundo que se ha de transformar, implica un encuentro de los hombres para esta transformación (107). El dialogo es una exigencia existencial. Y siendo el encuentro que solidariza la reflexión y la acción de sus sujetos encauzados hacia el mundo que debe ser transformado y humanizado, no puede reducirse a un mero acto de depositar ideas de un sujeto en el otro, ni convertirse tampoco en un simple cambio de ideas consumadas por sus permutantes.