La palabra, nos dice Freire, está dada por la unión inquebrantable entre acción y reflexión, es decir, que la palabra misma es praxis: no existe palabra verdadera sin acción y sin reflexión. Por ello es que dice que la palabra verdadera transforma al mundo. Si privamos a la palabra de la acción, ésta se convierte en palabrerio, en mero verbalismo. Si la privamos de reflexión, siendo esta solamente formada por la acción se convierte en activismo. Éste es acción por acción, que al negar la reflexión también niega la praxis (106)
La palabra tiene que ver con la acción permanente que yo como sujeto realizo en mi cotidianeidad, con mis opciones permanentes, con los problemas que enfrento en mi mundo. La reflexión es un ejercicio propio del hombre, que como ser pensante puede tomar distancia de su cotidianeidad, puede frenar la acción y pensar acerca de ella, reflexionar volverse sobre ella para mirarla, para pensarla. Este acto de reflexión es lo que me permite una nueva manera de ver mi propia acción. Cuando mi palabra es expresión de mi acción y mi reflexión entonces es verdadera.
Decir la palabra referida al mundo implica un encuentro. El diálogo es este encuentro de los hombres mediatizados por el mundo. La palabra verdadera es trabajo, es praxis, es transformar el mundo, decirla no es privilegio de algunos hombres, sino derecho de todos los hombres. Decir la palabra, referida al mundo que se ha de transformar, implica un encuentro de los hombres para esta transformación (107). El dialogo es una exigencia existencial. Y siendo el encuentro que solidariza la reflexión y la acción de sus sujetos encauzados hacia el mundo que debe ser transformado y humanizado, no puede reducirse a un mero acto de depositar ideas de un sujeto en el otro, ni convertirse tampoco en un simple cambio de ideas consumadas por sus permutantes.
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