La historia de las miradas
Eduardo Galeano
Mira Capitán (porque debo aclararles que en el tiempo en que yo conocí al Viejo Antonio tenía yo el grado de Capitán Segundo de Infantería
Insurgente, lo que no dejaba de ser un típico sarcasmo zapatista porque sólo
éramos cuatro –desde entonces el Viejo Antonio me llama “Capitán”), mira Capitán, hubo un tiempo, hace mucho tiempo,
en que nadie miraba…
No es que no tuvieran ojos los hombres y mujeres que se caminaban estas
tierras.
Tenían de por sí, pero no miraban. Los dioses más grandes, los que
nacieron el mundo, los más primeros, de por sí habían nacido muchas cosas sin
dejar mero clarito para qué o por qué o sea la razón o el trabajo que cada cosa
debía de hacer o de tratar de hacer. Porque de que cada cosa tenía su por qué,
pues sí, porque los dioses que nacieron el mundo, los más primeros, de por sí
eran los más grandes y ellos sí se sabían bien para qué o por qué cada cosa,
eran dioses pues.
Pero resulta que estos dioses primeros no muy se preocupaban de lo que
hacían, todo lo hacían como fiesta,
como juego, como baile. De por sí cuentan los más viejos de los viejos que,
cuando los primeros dioses se reunían, seguro
tenía que haber una su marimba1, porque seguro que al final de sus asambleas se
venían la cantadera y la bailadera. Es más, dicen que si la marimba no estaba a la mano, pues
nomás no había asamblea y ahí se estaban los dioses, rascándose nomás la
barriga, contando chistes y haciéndose travesuras.
Bueno, el caso es que los dioses primeros, los más grandes, nacieron el
mundo, pero no dejaron claro el para qué o el por qué de cada cosa. Y una de
estas cosas eran los ojos.
¿Acaso habían dejado dicho los dioses que los ojos eran para mirar? No
pues.
Y entonces ahí se andaban los primeros hombres y mujeres que acá se
caminaron, a los tumbos, dándose golpes y caídas, chocándose entre ellos y
agarrando cosas que no querían y dejando de tomar cosas que sí querían. Así
como de por sí hace mucha gente ahora, que toma lo que no quiere y le hace
daño, y deja de agarrar lo que necesita y la hace mejor, que anda tropezándose
y chocando unos con otros.
O sea que los hombres y mujeres primeros sí tenían unos sus ojos, sí
pues, pero no miraban. Y muchos y muy variados eran los tipos de ojos que
tenían los más primeros hombres y mujeres. Los había de todos los colores y de
todos los tamaños, los había de diferentes formas. Había ojos redondos,
rasgados, ovalados, chicos, grandes, medianos, negros, azules, amarillos,
verdes, marrones, rojos y blancos. Sí, muchos ojos, dos en cada hombre y mujer
primeros, pero nada que miraban.
Y así se hubiera seguido todo hasta nuestros días si no es porque una
vez pasó algo. Resulta que estaban los dioses primeros, los que nacieron el
mundo, los más grandes, haciendo una su bailadera porque agosto era, pues, mes
de memoria y de mañana, cuando unos hombres y mujeres que no miraban se fueron
a dar a donde estaban los dioses en su fiestadero y ahí nomás se chocaron con
los dioses y unos fueron a dar contra la marimba y la tumbaron y entonces la
fiesta se hizo puro borlote y se paró la música y se paró la cantadera y pues
también la bailadera se detuvo y gran relajo se hizo y los dioses primeros de
un lado a otro tratando de ver por qué se detuvo la fiesta y los hombres y
mujeres que no miraban se seguían tropezando y chocando entre ellos y con los
dioses. Y así se pasaron un buen rato, entre choques, caídas, mentadas y
maldiciones.
Ya por fin al rato como que se dieron cuenta los dioses más grandes que
todo el desbarajuste se había hecho cuando llegaron esos hombres y mujeres. Y
entonces los juntaron y les hablaron y les preguntaron si acaso no miraban por
dónde caminaban. Y entonces los hombres y mujeres más primeros no se miraron
porque de por sí no miraban, pero preguntaron qué cosa es “mirar”. Y entonces
los dioses que nacieron el mundo se dieron cuenta de que no les habían dejado
claro para qué servían los ojos, o sea cuál era su razón de ser, su por qué y
su para qué de los ojos. Y ya les explicaron los dioses más grandes a los
hombres y mujeres primeros qué cosa era mirar, y los enseñaron a mirar.
Así aprendieron estos hombres y mujeres que se puede mirar al otro,
saber que es y que está y que es otro y así no chocar con él, ni pegarlo, ni
pasarle encima, ni tropezarlo.
Supieron también que se puede mirar adentro del otro y ver lo que siente
su corazón.
Porque no siempre el corazón se habla con las palabras que nacen los
labios.
Muchas veces habla el corazón con la piel, con la mirada o con pasos se
habla.
También aprendieron a mirar a quien mira mirándose, que son aquellos que
se buscan a sí mismos en las miradas de otros.
Y supieron mirar a los otros que los miran mirar.
Y todas las miradas aprendieron los primeros hombres y mujeres. Y la más
importante que aprendieron es la mirada que se mira a sí misma y se sabe y se
conoce, la mirada que se mira a sí misma mirando y mirándose, que mira caminos
y mira mañanas que no se han nacido todavía, caminos aún por andarse y
madrugadas por parirse.
Este cuento es parte del compilado Los Otros Cuentos, relatos del Subcomandante Marcos
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